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Claves definitivas para acompañar los cambios en la infancia

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Los cambios en la infancia no suelen venir con manual de instrucciones. Aparecen y, de repente, ese niño que “estaba bien” empieza a dormir peor, a enfadarse por todo o a preguntar lo mismo quince veces seguidas justo cuando menos tiempo tenemos.

Separaciones, mudanzas, cambios de colegio, pérdidas, nuevas rutinas… Para un niño, cualquier cambio puede sentirse como un pequeño terremoto. Y para los adultos que acompañan, también.

La buena noticia es que no hace falta hacerlo perfecto para hacerlo bien.

Clave número uno: si a ti te cuesta, imagina a ellos

A los adultos ya nos descoloca cambiar de trabajo, de casa o de rutina. Así que cuando un niño se muestra desorientado ante un cambio, no es que esté exagerando: es que está haciendo lo que puede con las herramientas que tiene.

Antes de corregir, conviene parar un segundo y preguntarnos:
“Si yo estuviera en su lugar, ¿qué necesitaría ahora?”

Normalmente, la respuesta no es un discurso, sino presencia.

Clave número dos: no intentes arreglarlo todo antes de cenar

Uno de los grandes errores es pensar que acompañar significa solucionar rápido. Queremos que el niño vuelva a estar tranquilo cuanto antes y, sin darnos cuenta, entramos en modo “todo va a ir bien” a los cinco minutos de que haya empezado a llorar.

A veces, el malestar necesita su tiempo.
Y sí, es incómodo.
Y sí, ojalá hubiera un botón de “emociones resueltas”.

Pero no lo hay.

Decir “entiendo que esto te enfade” suele ayudar más que intentar convencer de que no debería enfadarse.

Clave número tres: el comportamiento también es un mensaje

Cuando un niño empieza a tener rabietas, a volver a hacerse pis o a necesitar más atención tras un cambio, no está “yendo hacia atrás”. Está pidiendo ayuda a su manera.

No siempre saben explicar lo que sienten, pero su conducta suele hablar bastante claro.

En lugar de centrarnos solo en corregir, conviene mirar qué hay detrás. Muchas veces, lo que necesitan es seguridad, límites claros y saber que seguimos ahí.

Clave número cuatro: menos interrogatorios, más espacios

Preguntar está bien. Interrogar no tanto.

Hay niños que, ante un cambio, no quieren hablar. Y eso también está bien. Forzar conversaciones profundas a última hora del día suele acabar mal (para todos).

Ofrecer alternativas ayuda mucho: dibujar, jugar, escribir, colorear o simplemente compartir un rato tranquilo sin preguntas constantes. Muchas veces, cuando dejamos de insistir, aparece lo que había que decir.

Clave número cinco: mantén pequeñas rutinas aunque todo cambie

Cuando el entorno se mueve, las rutinas se convierten en salvavidas. No hace falta que todo siga igual, pero sí que haya algo previsible.

Puede ser:

  • un cuento antes de dormir

  • una canción

  • un rato fijo juntos

  • una frase que se repite

Las pequeñas certezas hacen que los grandes cambios se lleven mejor.

Clave número seis: el humor también educa

No todo tiene que vivirse desde la solemnidad. El humor, bien usado, es una herramienta educativa poderosa.

Reírse juntos, exagerar una situación o quitarle hierro a un momento tenso no resta importancia a lo que sienten, pero sí reduce la presión.

A veces, una sonrisa llega donde no llega ningún discurso.

Clave número siete: no lo hagas solo

Acompañar cambios en la infancia no es una carrera en solitario. Pedir ayuda, apoyarse en otros adultos, compartir dudas o usar recursos emocionales no es un fracaso: es sentido común.

Los cuentos, los personajes simbólicos y las fichas emocionales ayudan a abrir conversaciones sin forzar y a trabajar emociones desde un lugar más amable.

No sustituyen el vínculo, pero lo acompañan.

Clave número ocho: recuerda que esto es un proceso

Habrá días en los que parezca que todo está mejor… y otros en los que el malestar vuelva sin avisar. Eso no significa que algo vaya mal. Significa que el niño sigue integrando el cambio.

Acompañar es estar también ahí. Sin prisas. Sin expectativas irreales. Con la tranquilidad de saber que no hace falta hacerlo perfecto para hacerlo bien.

Para terminar (sin moralejas)

Los cambios no siempre se entienden cuando ocurren.
Pero cuando un niño siente que no está solo, que hay adultos disponibles y que lo que siente importa, el cambio deja de ser tan pesado.

Y eso, aunque no se note de inmediato, deja huella.

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